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De pingüinos y reyes

Photo by Ian Parker on Unsplash

De pingüinos y reyes

“Nada —pensé—, no tengo nada”. El hombre entró con su esposa y se sentaron al fondo del salón. Con el equipo de Sobredosis los rodeamos y el líder, Johan, les dio la bienvenida. Desde que llegaron, había estado preguntándole a Jesús si tenía algo por mi lado para ellos, y los demás integrantes del equipo ya habían empezado. Se veían muy seguros, uno decía esto, el otro aquello... pero yo nada.

Nos han dicho, es verdad, que no es una obligación “tener algo” para los que entran al salón en el que oramos personalmente por cada asistente a un Sobredosis (de todas formas, con la oración sería suficiente). Pero uno quisiera, ¿no? ¿Soy el único al que le pasa? El caso es que me quedé ahí, mirando todo alrededor, escuchando lo que decían, orando, pensando en que ya pronto tenía que subir a ensayar una canción del coro (esta historia se enmarca en SBD Fuego Fest) y de repente, una voz que ya conozco, resonó en mi cabeza:

—Míralo.
—Ya.
—¿Qué ves?
—Ja, ja, ja. Parece un pingüino.

El hombre venía con pantalón negro, chaqueta negra y camiseta blanca. Un señor muy elegante. Así que la primera idea que me viene a la cabeza sobre él, es que se parece a un pingüino con su barriguita blanca. Amigos, no sé si está dentro de la corrección teológica, pero sospecho que Jesús se rió conmigo por un momento.

—El video.
—¿El del pingüino rey? —le respondo a la voz que me suena en la cabeza.
—Ahm... Sí. Él es un rey.

El video, quiero hacer esa salvedad antes de continuar con el texto, no era sobre el pingüino rey, sino sobre otro. El nombre que se le ha dado a esa elegante especie que aparecía en el video (la más grande de los pingüinos), es Pingüino Emperador. Pero… Bah. Tampoco me iba a poner a confirmarlo en el momento. Además, lo importante del texto era otra cosa: Jesús no me estaba diciendo que fuera un pingüino y no era eso lo que tenía que decir. Él, sabio, omnipotente, conocedor de los recovecos por los que tienen que atravesar las ideas en mi cerebro, sabía cómo llegar de una cabeza en ceros a la concreta idea de un rey.

—Lo que veo es que eres un rey —le digo—. Tienes muchos negocios y te acompaña su bendición en lo económico. No hay que sentirse mal, porque Dios te está llamando a extender el Reino por medio de eso…
De repente sucede. Amo ese bendito instante en que la palabra de ciencia golpea por dentro y se evidencia que Dios conoce a la persona. Al hombre, los ojos se le empezaron a hacer agua, como cuando te enteras de que lo que eres, lo que has conseguido, lo que tienes, está todo dentro del plan que Dios tiene contigo, que no hay nada que Él considere un desperdicio en la creación que hizo en ti.

Bueno, eso es lo que sospecho que sintió. Tampoco es que lo pueda aseverar porque no le pregunté, pero me imagino que fue así porque a mí me pasa: cuando me doy cuenta de que Dios utiliza a alguien que cambia “emperador” por “rey” y que cree que El Gran Yo Soy le habla de pingüinos, siento que hay alguien que confía en mí, que cuenta conmigo entre sus planes, y entonces se me hincha el pecho, me dan ganas de reír, siento que el amor me recorre muy adentro, y los ojos también se me hacen agua.

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